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Una mujer de 91 años continúa sirviendo en la iglesia en nombre de su fe, afirmando que “El Señor nunca deja de obrar”.

La señora Judith, de 91 años, ha aprendido a depositar su confianza en el Señor a través de Su Palabra. Ella afirma que ha encontrado formas de continuar sirviendo al Reino a pesar de sus limitaciones, y comparte que cada día recibe un Salmo del Señor.

Judith nació en Bundaberg, Queensland, Australia, en el seno de una familia donde su padre era ministro y Dios ocupaba un lugar central en sus vidas.

“Dios fue una fuente constante de estabilidad, incluso durante los tumultuosos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con libretas de racionamiento, cortinas oscuras y refugios antiaéreos. Cada día, íbamos a la escuela con un versículo de las Escrituras en nuestro bolsillo”, relata.

A los 19 años, Judith comenzó su formación como enfermera en un hospital del distrito, y aunque era la única cristiana en su año y trabajaba largas horas, a veces se cuestionaba la presencia de Dios en su vida. Sin embargo, un día, después de un turno difícil, confrontó este sentimiento.

“Me arrodillé y clamé a Dios: ‘¿Eres real o solo eres la fe de mis padres? Muéstrame, Señor, me estoy hundiendo rápidamente’. En ese momento, Dios se manifestó en mí con un profundo silencio espiritual y una paz que nunca había experimentado antes. Me dio un versículo, Salmo 42:5”, relata.

Desde ese día, Judith puso su esperanza en Dios y encontró no solo un Dios más grande y cercano, sino también su propia identidad, que perduró toda su vida. Desde entonces, Dios le ha dado Salmos.

A lo largo de los años, Judith disfrutó de una vida plena: trabajó como partera, conoció a su esposo Peter, tuvo cuatro hijos, lideró estudios bíblicos, habló en eventos de la iglesia y ofreció apoyo pastoral. Sin embargo, un día, a los 59 años, recibió una llamada que le informaba que Peter estaba en cuidados intensivos después de sufrir un paro cardíaco.

“Recuerdo el funeral. Había cien o más personas allí. Me sentí muy vulnerable, cansada y abrumada. Pero esa mañana, Dios me dio el Salmo 27:13. Si Dios no hubiera estado conmigo, me habría desmoronado. Él fue mi única fuente de fortaleza”, dice.

Después de eso, Judith tuvo que aprender a enfrentar la vida por sí misma, y una vez más, la Palabra de Dios se convirtió en su ancla. Cada mañana, Dios le regalaba un nuevo versículo de un Salmo para sostener su alma.

“Cuando reflexiono sobre mi vida, me siento honrada de ver cuánto tiempo me llevó aprender lecciones. Pero veo la mano de Dios en cada parte de mi trayectoria. Si Dios decide llevarme a casa en cualquier momento, estoy lista y ansiosa por ver al Señor”, concluye.

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